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Pienso que es una polémica que ha
sido superada por la
Historia y sólo pueden sacarla a la luz partidos que tienen
como fin acabar con el Estado español o partidos que han perdido su
carisma reivindicativo y han quedado
vacíos de contenido. En la Edad Contemporánea ha habido innumerables
repúblicas que han sido dictaduras, y dictaduras de lo más sangrientas que ha
conocido la
Humanidad. Pensemos en la República Francesa,
en la URSS, la República
Popular de China,
la República
de Corea del Norte, la República de Siria y la República de Camboya
de Pol Pot, que derrocaron monarquías mediante el terror e
inventaron el terrorismo de Estado para someter a sus propias poblaciones y
establecer imperios donde se asesinaron a unos cien millones de civiles.
Dichas repúblicas no sólo fueron una reacción frente al progreso
social y cambio de la economía, sino que han servido de modelo, promoción y
cobijo a toda clase de terroristas.
Tanto en la República como en la Monarquía se pueden
dar todo tipo de regímenes. Hay repúblicas presidencialistas que se parecen
más a las monarquías electivas y donde, incluso, a un Presidente le sucede su
hijo, como en la
República Comunista de Corea del Norte, con Kim Il Sung y
su hijo Kin Jong Il, o la
República Siria, con Hafez al-Assad y su hijo Bashar, o un
miembro de su familia, de su clan o de su club, como en EE UU con los Bush o
los Kennedy. Y hay monarquías parlamentarias donde los reyes no tienen
responsabilidad política. La contradicción que se presenta en muchas
repúblicas es que hay un Jefe de Estado de derechas y un Jefe de Gobierno de
izquierdas, como ocurrió en 1999 en Francia y Portugal. O el caso de EE UU,
con un Presidente demócrata y un Congreso republicano. Estas situaciones
generan más tensiones y conflictos que equilibrio. De todas formas cada
pueblo es consecuencia de su Historia, y tan inviable sería una Monarquía en
EE UU como una República en España.
Hoy día los
Estados con una mayor cota de libertades, de democracia, de estabilidad
política, con mejores y más amplios sistemas de seguridad social, de
justicia, de sanidad, de enseñanza, y con un mayor nivel de vida y más progresistas
son monarquías, como Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo,
Mónaco, Liechtenstein, Japón, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.
Esto no es una casualidad, porque todos estos países no sufrieron los envites
ideológicos desestabilizadores de las repúblicas revolucionarias y se
mantuvieron al margen de la influencia cultural de la Revolución
Francesa. En ninguno de ellos el Partido
Comunista ha tenido peso. Por lo que respecta a España, todo el mundo
reconoce que el milagro de la
Transición española y el gobierno del PSOE durante tres
legislaturas hubiera sido imposible sin el amparo de la Monarquía.
Los países son fruto de su
Historia, y se rigen por la razón histórica, por
razones culturales, no por la lógica abstracta, ni por doctrinas ideológicas
inventadas por intelectuales. Los países en los que se han impuesto sistemas
políticos utópicos han terminado convirtiéndose en regímenes autoritarios de
terror. Hay países como el Reino Unido, Holanda y el Reino de España que han
sido formados como Estados por la Monarquía, que constituye la base de su
estabilidad política. Si un día estos Estados cambiaran de sistema, dejarían
de existir como Estados y desembocarían en el fracaso y la desintegración, lo
que vendría muy bien a sus competidores y vecinos. Cada pueblo es
consecuencia de su Historia, y tan inviable es una Monarquía en EE UU como
una República en España.
Respecto al coste de mantener una familia real
hay que decir que, cifras en la mano, la institución Monárquica es
mucho más barata que una Presidencia de Estado, menos de la tercera parte que
Italia, Francia o Alemania, el coste por español y año sale a 0’12 €. Pero, aunque
no fuera así, hoy día, en que las grandes empresas se gastan tanto dinero en
representación, la Casa
Real da un prestigio a España que es verdaderamente
impagable y que no podría dárselo una Presidencia de República.
El caso del Reino de España es
paradójico. La derecha conserva todavía reminiscencias republicanas de
Falange Española, que formó parte del Movimiento Nacional. Durante el
Régimen de Franco, esa derecha criticaba por lo bajo a la Monarquía, a don Juan,
y al Príncipe Juan Carlos. Entre otras cosas, porque no podían permitir la
más mínima competencia carismática con su generalísimo. Aunque, por otro
lado, el círculo culto de los franquistas sabía que España, a la muerte de
Franco, o era Monarquía o no era. La historia de las dos breves Repúblicas
españolas se lo recordaba. Así es que tuvieron que vivir durante muchos
años con esa contradicción. Los comentarios que se oyen hoy día en los
círculos de derechas siguen siendo antimonárquicos, porque no pueden evadirse
de ese vicio, de esa herencia.
Cuando esta derecha
vio que los socialistas podían ganar por cuarta vez las elecciones generales
y coger la onda de una fase larga de expansión económica, se pusieron tan
nerviosos que estaban dispuestos a acabar como fuera con el Gobierno del PSOE
y con la Monarquía,
si era necesario. A esa conspiración entre ciertos sectores del poder
económico, de la Iglesia,
de la judicatura y de los medios de
comunicación se la conoce en España como "El Sindicato
del Crimen". En ella estaban implicados entre otros: el
Secretario del Partido Popular, Fco. Álvarez Cascos; el director del diario
"El Mundo",
Pedro J.
Ramírez; el juez Garzón, Francisco Umbral, Camilo José Cela, Antonio Herrero,
locutor de la cadena de radio "La
COPE", propiedad de la Iglesia; Luis María
Anson, director del diario "ABC", y el abogado republicano de
derechas Ángel
García Trevijano, además de numerosos periodistas y jueces. El
caso GAL fue uno de los temas que explotaron hasta la saciedad, aún a
costa de dar oxígeno a una ETA moribunda. Cuando Luís María Ansón vio
claramente que también iban por la Monarquía, destapó todo esto en la revista "Tiempo"
y se formó un gran escándalo en la prensa española.
La gran
paradoja está en que la
Monarquía en España se ha reafirmado por obra y gracia de
las clases populares, de los votantes de centroizquierda que tradicionalmente
habían sido republicanos. Por el apoyo del PSOE, que es un partido oficial y
tradicionalmente de ideología republicana. Tanto es así que las derechas
lanzaron en son de burla el chiste de que Felipe González era de
ideología "monarquicano". Y por el Partido Comunista de Santiago Carrillo, quien afirmó que “mientras el Rey
respetara y defendiera la
Constitución, nosotros respetaríamos al Rey y a la Monarquía”. Felipe
González, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez fueron tres grandes
estadistas que contribuyeron decisivamente a consolidar la Monarquía y la
democracia en España. La posición del Partido Comunista cambió cuando en 1988
su Secretario General, Julio Anguita (antiguo militante falangista), que
primero fue seminarista carmelita, después fracasó como aspirante a la Academia Militar
de Zaragoza y a la
Guardia Civil y, finalmente, consiguió trabajo como maestro
de escuela, hizo un pacto con el Partido Popular de José Mª Aznar, para dar
el "sorpasso" con la
estrategia de "las dos
orillas" y ganar las elecciones al PSOE. El pacto lo acordaron los
dos líderes en una cena a la que los invitó el periodista del "El
Mundo", Pedro J. Ramírez, que
actuó como intermediario. De Julio Anguita dijo Santiago Carrillo que era más
joseantoniano (Jose Antonio Primo de Rivera) que comunista.
Las invasiones islámicas, napoleónicas,
y la I y II Repúblicas no sólo saquearon y devastaron
el patrimonio histórico y cultural de España, sino que la llevaron al borde
de la desaparición. Todavía hoy siguen en las mismas los herederos
ideológicos de aquellos, que, aunque son grupúsculos minoritarios, son muy
violentos, activos e intimidatorios.
En España hoy día sólo son
republicanos los retrofranquistas, neofalangistas, nacionalistas y
comunistas.
No nos
tiene que sorprender que el pueblo en el Reino de España apoye la Monarquía. La
Monarquía en España ha tenido su más firme apoyo en el pueblo, en la
burguesía y en los indígenas de las colonias. Y sus más enconados enemigos en
las élites aristocráticas, nobles o plebeyas.
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